Creo que nunca he contado cómo me inicié en este maravilloso mundo de GNU/Linux y pienso que va siendo hora…
…Hace varios años compré mi primer ordenador, bastante sencillo y modesto; un AMD Sempron de 2,8 GHZ, una memoria de 250 MB y 256 KB/s de velocidad con Telefónica. Venía con su Windows XP debidamente pirateado que me duró unos seis meses porque ya no lo aguantaba más.
En serio, con antivirus, antiespías, firewalls y antitroyanos… era insoportable. Hasta algún simpático se permitió dejar una nota de texto en mi escritorio, que se coló por un backdoor. No podía ni dormir ya,
Probé con antivirus gratis, pero no podían eliminar ciertos virus. Compré una Norton Suite que jodía más que solucionaba, abriéndome ventanas informativas de actualizaciones, de acceso a la web, y cuando me descuidaba, me reiniciaba el PC. Al empezar, de nuevo a escanear… A los seis meses, la licencia caducó y el antivirus no funcionaba (si alguna vez lo hizo…) en fín, una locura.
Cierto día, charlando con un primo hermano por el messenger, me empezó a hablar de un tal “Linux” que carecía de las “enfermedades” de Windows, aparte de la filosofía en la que se basaba. Fuí bastante reticente, pero al final, y a la velocidad que Telefónica nos imponía, vía FTP conectó su PC al mío y empezó a descargarme !!! 3 CDS ¡¡¡ de algo llamado “Redhat 8″.
Fueron necesarios varios días para la descarga, y una vez los obtuve, los quemé con el Nero y con ciertas explicaciones de cómo usar Partition Magic, dejé más o menos al 50% Windows con “eso llamado Redhat”.
Mi primo ya me había explicado los pasos con los que me iba a encontrar e imprimí varias hojas de un “wiki” que encontré. Con bastante miedo fuí avanzado durante la instalación. ¿GRUB? No… entonces era LILO quien se encargaba de bootear los sistemas operativos.
Llegó el inicio y me encontré con un escritorio más bien feo, tosco, que me dejó mal sabor de boca. Era Gnome, pues por defecto venía en la instalación. Con algunos días de por medio, mi primo me explicó que él usaba otro entorno más moderno y útil, llamado KDE (era KDE 3.5.1, creo).
Aquí empezó a picarme el gusanillo, aunque reconozco que en ocasiones tiraba la toalla y volvía a Windows, desesperado con tanta consola. Y es que hace unos años no habían tantos programas binarios y previamente compilados.
Fueron momentos de nervios y desesperación, pero también de muchas anécdotas y muchísimas risas. Como lo que nos pasó con otro amigo que teníamos en común al cual nos costó meses para convencerlo de probar Linux. A través del chat, mi primo guiaba a nuestro amigo y le aprendía a crear un directorio. Le decía: _escribe en la consola mkdir Documentos._ Lo hizo. Y mi primo le dice: _ya tienes el directorio creado_ Abrió el Konqueror y pinchó en su recién estrenado Documentos. Y dice el amigo:_ !!!No hay nada dentro¡¡¡ A lo cual no pude callarme y le contesté:_ ¿Y que te esperabas? ¿un jamón de pata negra?
Cuando fuí tomado experiencia, dejé para siempre Windows (adiós, asqueroso) y me dió por ir probando distintas distros. Después de Redhat, lo intenté con GNU/Linex, de la Junta Extremeña. No me gustó nada, todo hay que decirlo.
Les siguieron Suse, Mandrake, Knoppix, Mepis, y hasta Lindows (después rebautizada como Linspire). De todas, me quedaba con Knoppix, porque no se… me gustaba más eso de “apt-get” que “rpm -ivh”. Después me enteré que Knoppix descendía de una tal Debian, que era la más “difícil” a la vez que la más pura y orgullosa de todas las distribuciones. Pero ojo… no tuve coj… de instalarla hasta hace unos 3 años.
En definitiva, y resumiendo, el “planeta Linux” me enamoró para siempre. Hoy escribo desde una Kubuntu Hardy Heron para darle las gracias a mi querido primo. Mañana quizás lo haga desde otra… pero en fín, !!somos la misma familia ¡¡